Mujeres que se levantan como palmas

Crónica del enfermero jagüeyense Juan Carlos Casanova colaborador en Ecuador.
Terremoto Ecuador

Terremoto Ecuador

El Carmen, Ecuador. – Porque en la Patria nos enseñaron a cabalgar el mundo, a llevar la esperanza a cada lado, cargando alforjas solidarias, así partimos mi esposa y yo a regalar, lo que en la Patria, ahora lejana en distancia, pero cercana en el corazón, se nos regaló.

Cabalgar no es difícil si no es bravía la montura, pero, cabalgar olas en tierra firme requiere de un coraje inusitado y temple de carácter, eso le sobra a mi esposa. El 16 de abril a las 6 y 58 de la tarde, aquí la noche, se desencadenó el cataclismo, sacudidas tremendas de la misma tierra, formó una marejada de sustratos, juguete de los elementos la mole de concreto en que vivimos, parecía eterno, sin fin el terremoto, pero ahí está ella firme en la esquina más protegida y yo aferrado a su cintura aparentando la serenidad que solo tiene ella. Todavía me pregunto ¿Cómo puede pensar tan bien y tan veloz?

Después de mucho tiempo según pensamos, todo paró en 50 segundos de sismo, que a mí me parecieron horas, entonces corriendo escaleras maltrechas abajo me dijo “no duró un minuto”.

Al fin ante nosotros, la calle, con un tropel de personas que corrían y clamaban por sus dioses y sus santos, como yo, que la imagen de la Virgen de la Caridad visualizo.

La mirada zagas de mi esposa explora el entorno, “No hay derrumbes a la vista” fue su sentencia, “Comunícate con Cuba como puedas, avisa a la brigada que estamos bien, no dejes de hacerlo” fue su pedido imperativo.

Los vecinos no nos dejan caminar “Doctorcitos esto es una tragedia, deben haber muchos heridos” son sus comentarios, debo decir que yo no soy doctor, soy enfermero. Mi esposa reparte afectos, atenciones, para todos, una frase de consuelo y en unos minutos toma la decisión analizada “Me voy al hospital, allí me necesitan”.

Partió al hospital cercano, como una amazona temeraria cabalgando hacia el combate, vestida solo de short y camiseta. Allá tomó sus armas, unas pinzas, aguja e hilo de sutura, se enguantó las manos y comenzó, a realizar proezas de costuras y hemostasia.

Lenta fue la noche, cargada de dolor y desamparo, para todos tuvo ella la dedicación que se da a un neonato y de todos recibió la dulce frase “Gracias doctorcita cubana”.

A la mañana, las ojeras le cubrían el rostro, la noche de trabajo y de tensiones, dejó sus huellas, temprano un baño y de nuevo a la batalla, salir a cabalgar contra el sufrimiento, pero, ahora ya lleva su impenetrable armadura, la bata blanca y cubre su pecho un escudo celestial, su estetoscopio. Me dio el beso de siempre sin la sonrisa acostumbrada.

Se puede preguntar ¿Qué hice yo?, bueno hice lo que pude, mucho menos que lo realizado por ella.

No digo el nombre de mi esposa, no es esta la historia de ella sola, es la historia de cubanas que como ella son doctoras, que tienen la estirpe, de Vilma, de Mariana, y la bondad hecha poema, de Carilda y Dulce María y que ante la desgracia de Ecuador se han levantado como palmas.

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Acerca de Redacción Internet

Redacción Internet de la emisora Radio Victoria de Girón

Publicado el 19 abril, 2016 en Cuba, Internacionales, Jagüey Grande, Salud y etiquetado en , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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